
CUÁLES SON LAS RAZONES DE LA COMPLACENCIA DOMINICANA CON EL IMPERIO NORTEAMERICANO
Por Ramon Espinola
Constituye una reflexión necesaria para comprender por qué el gobierno dominicano suele actuar con tanta docilidad frente a los Estados Unidos en el escenario geopolítico contemporáneo.
Más que un simple análisis político, el texto se adentra en las raíces históricas, económicas y culturales de una dependencia cultivada durante décadas, donde las élites nacionales, muchas veces arrodilladas ante el poder extranjero, han confundido prudencia diplomática con obediencia servil.
La historia dominicana, marcada por invasiones, intervenciones militares, imposiciones financieras y tutelas disfrazadas de cooperación, ha dejado cicatrices profundas en la conciencia nacional.
Desde la ocupación norteamericana de 1916 hasta las presiones modernas ejercidas mediante organismos internacionales, acuerdos comerciales y estrategias de influencia regional, el país ha aprendido —o más bien ha sido obligado— a mirar hacia Washington antes de tomar muchas de sus decisiones fundamentales. Y mientras tanto, algunos sectores del poder criollo, expertos en el arte de inclinar la cabeza sin despeinarse, venden la sumisión como si fuera diplomacia inteligente y llaman “relaciones estratégicas” a lo que muchas veces no es más que miedo elegante vestido de saco y corbata.
Nuestro ensayo busca precisamente desnudar esa realidad incómoda: la existencia de una clase política y económica que, en lugar de fortalecer una soberanía auténtica, ha preferido administrar la dependencia como quien administra una hacienda heredada. Porque hay gobiernos que hablan de patriotismo en los discursos oficiales mientras en los salones privados afinan la voz para no incomodar al amo extranjero. La geopolítica, entonces, deja de ser un ejercicio de dignidad nacional para convertirse en una danza cuidadosamente ensayada donde los países pequeños sonríen aunque les aprieten el cuello.
Sin embargo, nuestra reflexión también invita a pensar en algo más profundo: ningún imperio domina eternamente a un pueblo sin la colaboración consciente o silenciosa de sus propias élites. Los imperios necesitan puertos, bases militares, tratados y mercados; pero, sobre todo, necesitan administradores locales dispuestos a justificar la subordinación con palabras grandilocuentes. Ahí reside quizás la tragedia más amarga de muchos pueblos latinoamericanos: no siempre han sido derrotados por la fuerza de afuera, sino por la pequeñez moral de algunos de adentro.
Y aun así, la historia conserva una llama de esperanza.
Los pueblos que conocen su pasado terminan aprendiendo a distinguir entre cooperación y sometimiento, entre amistad internacional y obediencia humillante. La soberanía verdadera no consiste en insultar a las potencias, sino en tener la dignidad suficiente para dialogar de pie, sin doblar la espalda ni hipotecar la memoria nacional.

