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LA DINASTÍA ORTEGA-MURILLO FRENTE AL MARTILLO DE WASHINGTON

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Nicaragua en el laberinto: La dinastía Ortega-Murillo frente al martillo de Washington

Hay algo profundamente trágico en ver cómo la historia regional se dobla sobre sí misma. Quienes alguna vez entraron a Managua en hombros para derrocar a una dictadura somocista, hoy firman decretos en habitaciones a oscuras para asegurar que el poder no se les escape de las manos ni por un resquicio. Daniel Ortega y Rosario Murillo han terminado por construir exactamente aquello contra lo cual combatieron en su juventud: una autocracia familiar blindada por la fuerza de las armas y la burocracia.

En las últimas semanas, el panorama en Washington dio un giro que aprieta aún más la soga sobre la economía y la diplomacia nicaragüense. Con Marco Rubio sentado al frente de la diplomacia norteamericana, la narrativa sobre Centroamérica ha dejado los eufemismos de lado. Rubio no anduvo con rodeos al dirigirse a los gobiernos de la región: el mensaje fue directo, instando a romper los vínculos ordinarios con Managua y a no tratar a un régimen de co-presidentes de facto como si fuera una democracia funcional. Promesas de desarticular los beneficios comerciales del CAFTA-DR, estrangular los flujos financieros de las élites del régimen y apretar las tuercas en la OEA forman el menú de la Casa Blanca.

La respuesta desde el Carmen no se hizo esperar, disparando la misma retórica que lleva sonando cuatro décadas. Murillo, ahora formalmente elevada al rango de «Co-presidenta» gracias a reformas constitucionales hechas a la medida, tomó los micrófonos para denunciar el incalculable «injerencismo imperialista». Para el matrimonio gobernante, acorralar a la Iglesia católica, despojar de la nacionalidad a cientos de opositores, confiscar bienes privados y cerrar universidades no son actos de represión, sino «mecanismos de defensa soberana» para garantizar la paz interna.

El problema es que la realidad se impone a la propaganda. Aunque las encuestas oficiales sigan arrojando cifras desorbitadas de aprobación popular —músicos de acompañamiento en una orquesta que toca en un salón vacío—, el dato real es el silencio impuesto. La aprobación en Nicaragua no se mide en urnas ni en sondeos; se mide en el éxodo masivo de familias que prefieren cruzar fronteras a ciegas antes que vivir bajo el ojo vigilante de los comités de barrio.

Nicaragua ha entrado en una fase donde la dinastía busca consolidar su sucesión dinástica mientras vende su soberanía al mejor postor geopolítico, recostándose en el apoyo de Pekín y Moscú. Sin embargo, con un Washington que parece dispuesto a cruzar la línea de las declaraciones verbales para pasar a la asfixia comercial, la pregunta ya no es si el modelo Ortega-Murillo es sostenible, sino cuánto más tiempo podrá resistir una economía pequeña ante el choque frontal con su principal socio histórico.

Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre-
rodriguezsluism9@gmail.com    https://teclalibremultimedios.com/category/portada/

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