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La Poesía Sorprendida: Fernández Spencer y Manuel Llanes

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La crítica literaria académica considera a la Poesía Sorprendida como el movimiento poético dominicano más significativo de la poesía dominicana del siglo XX y el que implica una verdadera ruptura con el localismo y mimetismo predominantes al momento de su nacimiento.
La Poesía Sorprendida se compone de un colectivo de poetas que agrupa bajo una misma publicación a los poetas Franklin Mieses Burgos, Mariano Lebrón Saviñon, Manuel Rueda, Freddy Gatón Arce, Antonio Fernández Spencer, Aída Cartagena Portalatín, Manuel Valerio, Manuel Llanes, Juan Manuel Glass Mejía, al chileno Alberto Baeza Flores y al pintor español, Eugenio Fernández Granel, quien además de publicar textos en LPS diseñaba las viñetas que ilustraban la revista (García Cuevas, 42-43).
Mariano Lebrón Saviñón fue creador de la Academia Dominicana de la Medicina, del Museo Casa Duarte, del Instituto Duartiano y de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, donde además ocupó la posición de director de Publicaciones.
Publicó las obras “Sonámbulo sin sueños” (poemario), “Triálogo: disquisiciones a tres voces, e “Infinitéstica” y “Cosmo hombre” (ediciones en colaboración con Alberto Baeza Flores y Domingo Moreno Jimenes); entre muchas otras.
Entre los numerosos reconocimientos que recibió se encuentran la Orden de Duarte, Sánchez y Mella, en el grado de Comendador; el Caonabo de Oro; el premio Vasconcelos, de México, y el Premio Nacional de Literatura 1999. Es el único dominicano en ser seleccionado como orador del premio Príncipe de Asturias.
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Antonio Fernández Spencer (22 de junio de 1922-1995) fue un destacado escritor y poeta dominicano, nacido en la ciudad de Santo Domingo. Fue uno de los artífices del gran movimiento de La Poesía Sorprendida.
Se licenció en Filosofía por la Universidad de Santo Domingo, y posteriormente se doctoró en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, España. Fue galardonado con el Premio Adonais en 1952, el Premio Nacional de Literatura en 1964, y el Premio Leopoldo Panero en 1969.
Fundó la Colección Arquero para dar a conocer a los nuevos escritores dominicanos. Fue director del Museo de Arte Moderno y director de la Biblioteca Nacional.
 Manuel LLanes Sandoval, 1899-1976
Poeta, periodista y educador, nació y murió en Santo Domingo. Dedico gran parte de su vida a la enseñanza primaria y secundaria, desde 1914 en la provincia La Altagracia. Pertenece a la generación de la Poesía Sorprendida y al postumismo.
Googleando encuentro que la foto que aparece en Manuel Llanes es de Manuel del Cabral https://www.ecured.cu/Manuel_Llanes, me llama la atención este poeta y lo encuentro citado en *Fernández Spencer, Antonio; Gerón, Cándido, comp. – A cuarenta años de Nueva Poesía Dominicana. – (2022)- Archivo General de la Nación. AGN. Vol. 443.
‘Creo que el paisaje imaginativo que fue La Poesía Sorprendida no se ha estudiado. La aportación de Franklin Mieses Burgos con «Esta canción estaba tirada por el suelo» y «Sin mundo ya y herido por el cielo»; Rafael Américo Henríquez con algunos de sus breves poemas líricos y «Rosa de tierra»; Manuel Llanes con «El tren» y «El fuego»; los poemas amorosos de Manuel Valerio, y el Freddy Gatón Arce de Vlía y Retiro hacia la luz’.*
El poema «Dios», de Manuel Llanes, publicado en el número IX de La Poesía Sorprendida, no es un poema de tendencia bíblica ni de estructura vérsica de andura hebraica. Se puede al leerlo pensar tal vez en la estructura de las Elegías del Duino de Rainer María Rilke.
En ese poema hay, o se siente, la presencia de un ser extraño,de sentido indivisible, pero palpable a la emoción lectora; quizá de una mujer recordada que ha muerto y que lleva al poeta a realizar una meditación acerca del sentido de la existencia. De esa existencia tan ligera llevada como una pluma por el viento.
Los versos del poema «Dios» nos aproximan a ese ser fantasmal: «al pasar, secaste mi dolor, / donde está la huella de tu existir; / hoy que me rodean estoy ganando el polvo de la tumba».
Lo que rodea al poeta Manuel Llanes son las hormigas que ese día de su reflexión post mortem están arrastrando alas de mariposas. La muerte se le hace palpable al poeta en la actividad tan frágil de los insectos. Hormigas y mariposas forman un acto mortal semejante al del hombre y la mujer en el desenvolvimiento de la vida.
Escuchamos este verso estremecedoramente surrealista en que el poeta sigue refiriéndose a las hormigas:
«En la gravedad de sus actos arrastran pájaros de agua».
Junto a Dios, el poeta Manuel, Llanes se siente ser la voz más cercana: «Yo soy, junto a ti de noche, la voz cercana de tu vigilia» (pagina 231)
Héctor Pérez Reyes dice que:
‘El quehacer literario no fue en Llanes Sandoval una escalera para méritos sociales ni galardones. Escribió diez o doce poemas para el halago intimo y para el regocijo de quienes llegamos al fondo inextricable y sencillo de su amistad. Gozaba con la picardía de ‘robar’ algunas metáforas a Cesar Vallejo a Pablo de Rocka, a Pablo Neruda y a los poetas del surrealismo francés a quienes admiraba en silencio. Tenia cultura, ideas muy propias, criterios muy bien depurados acerca de los movimientos poéticos contemporáneos, aunque ejercía con maestría el arte de simular ignorancia. De ahí que a veces nos sorprendía, en tertulias con Puchungo y Franklin, con sentenciosa conclusiones muy acertadas. Pero, sobre todo, era poeta. Cabalmente poeta. Los cinco o seis grandes poemas que conozco de el, los catalogo como verdaderas obras maestras de la literatura castellana de nuestro tiempo. No exagero. Su poema al Tren alcanza sonoridades que asombran. El Grillo es un poema difícil de igualar. El clímax que logra en sus versos revueltos. Y repletos de un grito persistente, es de una belleza incomparable. Lo mismo podría decirse de su canto al agua y del poema que escribió para testimoniar su amor a Dios. Sin embargo, su producción mejor elaborada y deslumbrante es El fuego.’
Reginaldo Atanay nos dice que LLanes:
…era una persona calma; siempre usaba una risa quieta, y se desplazaba con un caminar de esos con los que uno no quiere llegar a ninguna parte.
Desde su vecindario, Llanes solía irse a las alturas de la ciudad capital, atravesando el barrio de Villa Francisca y llegando hasta el de Villa Consuelo, y en el Mercado de allí compraba algunas frutas, las que colocaba en una funda, y con ella bajaba, a pie, todo ese trayecto, mirando todos los comercios, todas las caras, y deteniéndose de vez en cuando ante cualquier gente o casa que le llamara mucho la atención.
Entonces, Llanes caminaba con unos setenta años de edad; su piel mestiza y su pelo blanco y ojos muy expresivos, daban la impresión de que se trataba, su figura, la de un ciudadano hindú, de esos que viven con su mente puesta en situaciones que ya no se ven con los ojos físicos.
Llanes no era un poeta fabricador de poemas por gruesas, como lo hacía el insigne Juan Sánchez Lamouth, quien escribió alrededor de una decena de libros, casi todos ellos, de un tirón, en una sola noche. Llanes produjo pocos poemas, pero buenos; el más célebre de ellos es  Noche Ya.
Llanes era un hombre de esperanzas, pero de esperanzas tranquilas, sin pretendidas majestuosidades. Se regocijaba al oír recitar un buen poema en la La Cafetera de la calle El Conde, y de poder encontrar algún día una niña linda que me quiera, como solía decir, soltando entonces una sonrisa picarona, y gesticulando con sus manos con la calma de quien no le importa que los tiempos sigan discurriendo.
https://www.youtube.com/watch?v=vdSoO863EXs.

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