«Los pueblos dignos, como los hombres con estatura moral, buscan dar, no recibir, buscan ayudar, no pedir ayuda».
-Juan Bosch-
Horas antes de salir desterrado al exilio, el general Antonio Imbert Barrera, acompañado de Fernando Amiama Tió, se me acercaron. Con autorización del gobierno de facto había abandonado el despacho presidencial y me encontraba instalado en la tercera planta del Palacio. Pretendían otorgarme una cantidad importante de dinero. Concretamente, me ofrecieron doce mil dólares. No me parece que ese ofrecimiento fuera hecho con malas intenciones. Me dijeron que lo hacían para que no confrontara apuros económicos en el exterior. Alegaron que la mitad de esa cantidad correspondía a mis legítimos gastos de representación que yo nunca acepté usar. Pero con elegancia y también con firmeza rechacé ese dinero. Yo no era rico ni pobre. No poseía fortunas económicas ni me interesaba. Mi única fortuna era mi honor y el tener mi conciencia tranquila de haber servido a mi país, sin mancharme ni dañar a nadie.
Yo vivía modestamente de mi salario de Presidente de la República, que dicho sea de paso lo rebajé. A mí me inspira mi pueblo y su destino. A mí no me inspira ni me preocupa el dinero, las riquezas. A mí me inspira, me seduce, el ejemplo de los hombres como Simón Bolívar, como San Martín, como Sucre, como Eugenio María de Hostos, como Máximo Gómez, de esos hombres libertadores, que bien lo dice otro gigante de la América Nuestra, el Apóstol José Martí, “hacen pueblos y son más que hombres”. Cuando se vive, como yo, quemado por el fuego de esos ejemplos, el dinero no moviliza los espíritus ni las conciencias. Esas cosas no alcanzaban a entenderlas los golpistas. En el exilio había vivido con dignidad de mis escritos, de mis libros. Ahora sin ningún género de dudas haría lo mismo. Así se los hice saber. Concretamente recuerdo haberles dicho: “Dondequiera que yo llegue me abriré paso con mi pluma”.
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El 28 de septiembre, en horas de la noche, a bordo de la fragata Mella junto a mi esposa Doña Carmen, inicié el camino de mi segundo exilio. La primera vez fue huyéndole al dictador Trujillo. Ahora, por respetar la constitución y defender la democracia. Así de trágica a veces es la vida. Con nosotros iba también, a solicitud mía, el general Antonio Imbert Barrera. Ahora bien, antes de salir de Palacio escribí un mensaje a la población, que gracias a la valentía de mi sobrina, Milagros Ortiz Bosch, que en el gobierno se desempeñaba como mi asistente personal, pudo ser sacado de Palacio y publicado en los diarios nacionales. Hija de mi hermana Angela, Milagros celebraba en Puerto Plata su boda cuando supo lo que acontecía en la capital, y sin pensarlo dos veces arrancó para Santo Domingo. Penetró al Palacio y logró verme. Sus palabras fueron de gran aliento en aquel momento triste. La vida luego nos separó políticamente. Pero nunca he dejado de reconocer su valentía y de tenerle afecto y cariño.
Era aquel un mensaje que brotaba de mi alma y de mi conciencia. Hoy, al leerlo y releerlo, me siento satisfecho y honrado de haberlo escrito. Los golpistas podían injuriarme, humillarme, derrocarme, desconsiderarme, pero no podían borrar mi historia ni mi vida a favor de la democracia. Podían verter sobre mí un aluvión de insolencias, pero no podían arrodillarme. En mí el honor y la dignidad no se borran ni mueren. Eso lo aprendí en los campos de La Vega y con ellos bien alto anduve el mundo. Por eso, herido y altivo, escribí:
“Ni vivos ni muertos, ni en el poder ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta. Nos hemos opuesto y nos opondremos siempre a los privilegios, al robo, a la persecución, a la tortura. Creemos en la libertad, en la dignidad y en el derecho del pueblo dominicano a vivir y a desarrollar su democracia con libertades humanas. Pero también con justicia social. En siete meses de gobierno no hemos derramado una gota de sangre ni hemos ordenado una tortura, ni hemos aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones. Hemos permitido toda clase de libertad y hemos tolerado toda clase de insultos, porque la democracia debe ser tolerante, pero no hemos tolerado persecuciones, ni crímenes, ni torturas, ni huelgas ilegales, ni robo, porque la democracia respeta al ser humano y exige que se respete el orden público y demanda honestidad. Los hombres pueden caer pero los principios no. Nosotros podemos caer pero el pueblo no debe permitir que caiga la dignidad democrática. La democracia es un don del pueblo y a él le toca defenderla. Mientras tanto, aquí estamos, dispuestos a seguir la voluntad del pueblo”.
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