Desde muchachos hemos vivido cerca del mar, escuchando el rugido de su oleaje y contemplando la mágica blancura de su espuma. He crecido respirando su salitre y admirando su majestad, esa que se estremece y cobra vida en su balanceo incesante.
Es un agua que parece fundirse con los brazos humanos que la recorren; un seductor de miradas eternas en cuyo paso se desvanecen los cuerpos náufragos, agotados de los pesares de la vida. Es un abismo de aguas que se calientan y enfrían a la intemperie del cielo, subiendo y bajando bajo el sol o la noche, reflejando la luz de la luna y guiando a las embarcaciones en sus travesías.
El mar siempre ha estado allí, antes que el hombre y antes que las aves que se lanzan en picada. Son aguas salinas bañadas por la luz, observadas desde distancias infinitas mientras lamen la arena de playas encantadas, donde los bañistas celebran el verano.
Mar de aguas inabarcables que sostiene navíos sin quejarse de sus cargas ni de la sangre derramada por pólvoras asesinas. Eres un cementerio anónimo para los cuerpos arrojados; sobre tu superficie admirada flotan, por igual, los buenos y los malos, allí donde las novias llegan para contemplarte, soberanas.

