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LA CRISIS DE LA BUENA POESÍA

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Por Ramon EspinoloA

LA CRISIS DE LA BUENA POESÍA

(Estos párrafos están dedicados a los que de verdad mediante el estudio, el esfuerzo y la lectura rescatarán lo poco rescatable de la poesía actual del postmodernismo, para ellos, todos mis respetos, pero, no para aquellos que son solo hijos de las penas de los conciabulos de amigos)


PARTE I

(En este mundo posmoderno donde todo se inventa —hasta el burro se reinventa para creerse filósofo—, no debería sorprendernos que la mediocridad también aspire a ser canon.)

Resulta no solo penoso, sino casi enternecedor —en el sentido más trágico del término— observar cómo la poesía del siglo XXI ha ido despojándose, con disciplinada torpeza, de su razón estética, de su pulso emotivo y de su antigua vocación por lo bello y lo justo.

La poesía, que alguna vez aspiró a rozar lo eterno, hoy parece contentarse con rozar lo inmediato… cuando no lo banal.

Se escribe mal. Y se escribe mal con convicción, lo cual es todavía más preocupante.

La construcción del verso, lejos de ser un acto caprichoso o un ejercicio de narcisismo lírico —aunque muchos así lo practiquen—, pertenece a una tradición exigente que no se somete ni al gusto privado ni al aplauso fácil, y mucho menos a esa validación universitaria que, en no pocos casos, ha sustituido el criterio por la complacencia.

La poesía, como toda forma seria del arte, se sostiene en un diálogo continuo con la Historia y, sobre todo, en la tensión viva entre las obras y su interpretación; allí donde aparece ese actor fundamental que hoy parece en vías de extinción: el lector competente. Pero, por desgracia, estas condiciones mínimas ya no se respetan. Pocos poetas modernos conocen el pretérito donde descansan los hechos históricos, ni las razones existenciales de los pueblos. Sin esos conocimientos básicos no se puede construir una buena poética perdurable.

El acto de leer —y peor aún, el de interpretar— poesía atraviesa una crisis severa.

No por falta de textos, sino por exceso de ruido.

Abundan los encomios a poetas que no lo son, la adulación a modelos ya exhaustos y la aplicación acrítica de teorías literarias que, en algunos casos, superan el siglo de antigüedad y, en otros, no superan el barrio ideológico que las vio nacer.

Así, los malos escritores que se autoproclaman poetas proliferan con la obstinación de las moscas en verano: numerosos, insistentes e imposibles de ignorar, aunque perfectamente prescindibles.

Los modelos estructurales del poeta contemporáneo, así como sus códigos de lectura, resultan, en muchos casos, limitados, fragmentarios y, lo que es peor, inconscientes de sus propias limitaciones.

De ahí que su obra suela exhibir una fractura evidente respecto a la tradición lírica en lengua española, acompañada de una imitación fallida —una suerte de eco descompuesto— de las formas retóricas desarrolladas a lo largo del siglo XX hispanoamericano.

De persistir este panorama, la poesía en español no solo se verá estancada, sino elegantemente aplazada por su propia incapacidad de renovarse con rigor. Y, en verdad, ese aplazamiento ya comienza a ser visible. Se lee mal, se interpreta peor y, en consecuencia, se traiciona el pasado en un doble movimiento: primero, mediante códigos de lectura empobrecidos; segundo, a través del control ideológico que pretende domesticar lo poético. El resultado es previsible: una brecha cada vez más amplia entre la tradición y su presente, como si ambas hablaran lenguas distintas dentro del mismo idioma.

Ante este escenario, cabe preguntarse —aunque la respuesta sea incómodamente evidente—: ¿qué hace el poeta contemporáneo? Poco, o nada. Lee poco, cuando lee; y cuando lo hace, lo hace mal o de manera fragmentaria, como quien hojea la tradición con la misma atención que dedica a una red social. Le interesa más figurar que perdurar, más asistir a lecturas que escribir algo digno de ser leído, más publicar que pensar. En suma, le importa más ser visto que ser relevante. Y, lamentablemente, en muchos casos, su obra confirma la sospecha: el valor literario es nulo, aunque la visibilidad sea considerable.

En la era de las redes expansivas, el lenguaje crítico ha sido sustituido por la reacción inmediata, y la interpretación por el aplauso automático. Todo se celebra, luego nada importa. Por ello, se vuelve imprescindible revisar dos núcleos fundamentales de la poesía contemporánea: los modelos composicionales y los códigos de lectura que rigen al poeta del siglo XXI.

La retórica dominante en nuestros días evidencia, sin demasiado disimulo, su dependencia de las vanguardias. Pero no de su impulso crítico original, sino de su superficie imitativa. Se copian los gestos, no las ideas; se reproduce la forma, no la tensión intelectual que la originó. Conviene recordar —aunque parezca un gesto arqueológico— que las vanguardias no surgieron como un capricho estético, sino como resultado de un largo proceso de autocrítica de la tradición dentro del horizonte de la Modernidad: desde los soliloquios fundacionales de René Descartes hasta la consolidación de la Estética como disciplina, profundamente ligada al temprano Romanticismo alemán.

Las vanguardias, en este sentido, representan la fase culminante de ese impulso moderno que reformuló los procedimientos literarios a partir de la crítica y del desarrollo de la subjetividad. Su aspiración no era destruir la tradición, sino tensionarla, ampliarla, llevarla hasta sus límites. Pero he aquí la ironía: aquello que en su momento fue ruptura, hoy es tradición; y lo que hoy se presenta como ruptura no es más que una repetición tardía de aquella ruptura ya institucionalizada.

Porque la ruptura, conviene decirlo sin solemnidad excesiva, nunca ha sido un fenómeno exclusivo de la Modernidad.

Las poéticas han vivido siempre de sus propias fracturas.

Lo que algunos académicos han querido presentar como un gesto único y sin precedentes no es más que un momento de disidencia dentro del continuo de la tradición.

Un cisma, sí, pero un cisma que, paradójicamente, garantiza la continuidad. La tradición no es pasado atajado: es un presente que se reescribe sin cesar.

El ejemplo más claro de este proceso se encuentra en la poesía moderna del siglo XIX, particularmente en las tradiciones francesa e inglesa. Allí se inauguran dos grandes modelos: por un lado, la disonancia y la metáfora semántica en la poesía francesa, donde la frase se convierte en el verdadero motor del verso; por otro, el versículo y el coloquialismo en la poesía inglesa, que rompen con la rigidez del metro y acercan la voz poética a la experiencia del habla.

Ambos modelos redefinieron la construcción del verso, desplazando la medida numérica en favor de una lógica interna más compleja: la de la imagen, la sintaxis y la respiración del lenguaje. Y fue precisamente esta herencia la que, a lo largo del siglo XX, los poetas de la Hispanosfera supieron explorar —a veces con genialidad, otras con exceso— hasta fundar un nuevo modo de hacer poesía en español.

Los ejemplos, por fortuna, abundan.

En múltiples geografías donde el español se alza como lengua creadora, la poesía moderna se convirtió en piedra de toque, en laboratorio y en campo de batalla.

Lo que resulta menos abundante —y ahí reside el problema— es la conciencia de esa tradición en quienes hoy pretenden continuarla sin haberla comprendido.

Porque, al final, la crisis de la poesía no radica en la falta de talento, sino en la ausencia de exigencia. Y donde no hay exigencia, todo verso es posible… incluso aquellos que no deberían haber sido escritos nunca.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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