InicioCEREPOESIAARTE Y CULTURAMisterio y milagro en la poesía de Juan Colón

Misterio y milagro en la poesía de Juan Colón

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Por Simeón Arredondo*

«…en Colón el lenguaje es instrumento de creación estética que busca transmitir elocuencia y belleza».

 

Hay versos que emergen del alma y que, como una flecha lanzada al blanco, se dirigen al alma. Hay libros que llegan a manos de las personas para dejar huellas en los lectores. Hay poetas que pisan el planeta para estampar una marca imborrable en el universo literario. Juan Colón es uno de ellos. Su libro “El milagro de la luz” es uno de los que dejan huellas en quienes lo leen porque sus versos pertenecen al grupo de los que brotan del alma para convertirse en instrumento de enaltecimiento de la palabra y de su esencia.

 

Todo libro debe dejar algo de sentido en el público lector.  “El milagro de la luz” estampa en la conciencia de quien lo lee un cúmulo de sensaciones suficiente para disfrutar durante mucho tiempo el sabor de la buena poesía. Borges ha establecido que “en el principio de la literatura está el mito, y asimismo en el fin”.   En este texto el mito nos acompaña desde el inicio hasta el final, como acota el ilustre creador argentino. Es una pieza literaria a tomar en cuenta porque su andadura va marcando y dejando múltiples reflexiones que intentan desenmarañar el misterio que de por sí encierra la poesía.

 

Los poemas contenidos en sus páginas están formados por versos profundos de una condición que llega al alma, no para atravesarla y seguir recorriendo espacios receptores de meros paseos semánticos, o para cruzar por ella como huésped de paso en un universo morfológico donde cada sílaba puede tomar diferentes significados. Son versos que penetran a lo más íntimo de lo humano y una vez instalados allí, hacen morada, porque abrazan al alma no sólo con su hermosura, sino también con sus particulares características de subjetividad.

 

Merece la pena entonces, analizar este poemario, publicado por Rayuela Edizioni en Italia (2022), desde dos perspectivas. Primero, desde el punto de vista del significado esencial de los poemas que lo componen, y segundo, enfocándonos en los aspectos estéticos de la poesía.

 

En cuanto a lo primero cabe destacar que se trata de un texto bastante abarcador.  En él encontramos una multiplicidad de conceptos que van desde el amor, ese sublime sentimiento presente de forma intrínseca en el ser humano, pero de manera muy marcada en los poetas, hasta la añoranza y la nostalgia, también características de los bardos. Pero además se exploran aquí asuntos como la diversidad en las especies y la importancia de reconocernos humanos aceptándonos y celebrándonos como somos; sin dejar de lado el patriotismo o lo puramente social.  Es una antología de la producción poética de Colón, que no deja lugar a dudas sobre su calidad humana y su capacidad creativa.

 

Leyendo a Franz Kafka pude leerla a ella;

un niño siempre alegre y despierto vive sobre sus pestañas,

las dalias borrachísimas iban hasta sus labios,

pero racionalmente loca, cuando se montaba en la yegua de la alegría,

sin aparejos, mojada de alba; daba saltos, ponía de payaso a la nostalgia

y se meaba por el sur de la felicidad.

 

En lo que respecta al segundo enfoque, se nota que hay en la poesía de Juan Colón una estética singular, caracterizada principalmente por el juego de palabras en el uso de ciertas figuras e imágenes lideradas por impresionantes metáforas y por un sorprendente desfile de antítesis, que como elemento retórico impregnan un solemne dramatismo al texto en gran parte de su composición. “Mordido por las aguas de pájaros y azahar / que son tus piernas, soy una derrota victoriosa”.

 

En el célebre poema “La enamorada” de Alejandra Pizarnik, se leen estos versos: “…oh nada de angustias / ríe en el pañuelo llora a carcajadas / pero cierra las puertas de tu rostro…”.  Del mismo modo, Julio Cortázar en Rayuela nos pone a leer: “…antes de enderezarnos muy de apoco y apuntar hacia la calle, preguntémonos con el alma en la punta de la mano (¿la punta de la mano?). En la palma de la lengua, che, o algo así”.  Este tipo de recursos lingüísticos, que dotan de elegancia y fortaleza literario al cualquier texto, ya esté escrito en prosa o en verso, son recurrentes en la obra de Colón. Veamos:

 

Llegué a la casa

eché el azúcar al piano

la música en el café

el café se bebió la tarde

el agua en la camisa

el vaso en la percha

el cielo enlodado

las hojas fuera del texto

el pan en la pena

la boca en el recuerdo

el corazón…

¿Dónde ella me lo habrá puesto?

 

En este poema, compuesto por tan sólo una docena de versos, que además de la notable mixtura de artículos y preposiciones, contienen dos verbos en pretérito perfecto simple, dos participios, y una interrogante final que remata todo su contenido, encontramos una extraordinaria combinación de metáfora, retruécano, anáfora, aliteración, antítesis y prosopopeya. Así son los poemas que constituyen “El milagro de la luz”. Preñados de figuras literarias que dan a cada pieza la profundidad, la dulzura y la musicalidad que prenden al lector de cada una de sus expresiones. Como en Cortázar, como en Pizarnik, y como en todos los grandes escritores, en Colón el lenguaje es instrumento de creación estética que busca transmitir elocuencia y belleza.

 

Elocuencia y belleza que el vate unas veces usa para homenajear a la mujer: “El mundo no había despertado aún / ni los perfumes habían dado sus almohadas al aire / la ópera aún esperaba su drama y la música despertaba la armonía. / Sólo una gran amazona de soledad, un Adán sin Miguel Ángel, sin la risa de Dios / y una extensa geografía mordiéndole los labios al silencio. / Entonces llegó ella y la flor se hizo aire, y la luz voló y el silencio tropezó con el mar y hubo mar”. Otras veces las pone al servicio de la añoranza de su niñez. Esa tibia melancolía que alguna vez ha tocado el corazón de todos al mirar hacia la infancia irrecuperable: “Cuando yo era Juanito iba a un lugar / donde el mar convertía las alas de la tarde / en un inmenso pez de la poesía”.

 

Como ente social y ser humano henchido de las indignaciones que acarrea la injusticia, también denuncia: “Crecí harto de sentarme a la mesa sintiendo los cuchillos / a gritos del hambre, en mil niños. / Las lenguas del silencio; esas llagas con más de dos mil años / de un dolor amarillo. / Me duele este barro pleno de voces, en la primera costilla / de mi corazón”. Y como poeta responsable y comprometido con su sociedad, con su entorno, con su planeta, propone:

 

Secuestrar los parques con los algodones

azucarados de la sonrisa de los niños.

Acuartelar el egoísmo, tenderlo al sol hasta las llagas.

 

Vestirnos de infancia

 e ir por las calles sublevados de abrazos y almendras.

 

El poeta es ese ser que convierte la palabra en faro para que ilumine los sentidos. Colón es consciente de ello, y por eso acude a todo su arsenal imaginario para emplearlo en la exploración de los diversos temas que trata y en el embellecimiento de la palabra para crear una poesía elegante y exquisita. Sabe que la poesía debe ser y es luz que irradia en el pensamiento, entonces se aferra a la luminosidad del verso hurgando en lo más profundo de su sensibilidad de artista.

 

El misterio y el milagro en la poesía de Juan Colón los encontramos en la originalidad y en la universalidad de versos como estos:

 

El mar Caribe jugaba a la escondida en sus abrazos:

peces, caracoles enamorados, pulpos de espumas se le enredaban en la nuca;

los caballitos de mar caían alucinados en el remolino de su cintura.

 

A veces era todas las frutas de su pueblo:

una aguadera rebosada de la memoria del sol sobre las piñas,

las manos de la lluvia con mangos, su cadera insoportable de cerezas;

pero cuando salía descalza del río el calor del verano quedaba boca abierta.

 

Felizmente estamos frente a un poeta cuya voz retumba más allá de los ambientes exclusivamente literarios y de los ámbitos culturales. Es una voz que ha llegado a otros contornos cosechando el respeto y la admiración de toda la sociedad por la calidad de su obra.

 

No sólo el libro “El milagro de la luz” dejará huellas perennes en la literatura dominicana y universal, sino que también el nombre de su autor quedará estampado en el lugar de donde nunca se borra, que es la memoria humana, por su capacidad de aromatizar la palabra, de convertir la tristeza en belleza por medio de la poesía, y de demostrar con su pluma lo que dijo Bécquer, que “mientras haya en el mundo primavera, ¡habrá poesía!”.

*Poeta y escritor dominicano residente en España.

simeonarredondo@gmail.com.

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