InicioMUNDORAREZAS DE UN RESENTIDO

RAREZAS DE UN RESENTIDO

-

POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA DOMINICANA
RAREZAS DE UN RESENTIDO
Por Ramón Emilio Espínola
(Para los dominicanos que no entienden las amarguras que pasaron sus hermanos a principios del siglo XX y que hoy se repiten con mayor intensidad sin que nadie haga nada por preservar los valores de la patria). Ya veremos lo que pasará.
En octubre de 1937, mientras la historia se preparaba para mancharse con una de sus páginas más oscuras, el dictador dominicano se encontraba de gira por la línea noroeste, esa geografía olvidada donde el Estado era más rumor que presencia.
La noche del 2 de octubre, en la residencia de Isabel Mayer en Monte Cristi —entre alcohol fino, risas complacientes, música domesticada y bellezas cuidadosamente seleccionadas para la ocasión—, un militar se acercó al oído del “Jefe” con una noticia que, en cualquier nación civilizada, habría requerido investigación, prudencia y justicia.
Pero aquello no era una nación: era un feudo con telégrafo.
Se le informó que bandas haitianas cruzaban la frontera para delinquir.
Trujillo, maestro consumado del teatro político, fingió indignación —ese gesto aprendido que sustituye la moral cuando la conciencia está ausente— y dictó una orden que no pedía pruebas, solo obediencia:
“Que se proceda desde esta misma noche a la exterminación de los haitianos que están ilegalmente sin contemplaciones…”
Así, con la ligereza con la que se ordena otra ronda de bebidas, se decretó la muerte de miles.
Nada de tribunales. Nada de humanidad. Nada que estorbara la eficacia del horror.
La historia, siempre indulgente con los poderosos y cruel con los débiles, bautizó aquel episodio con un nombre casi agrícola: la Operación Perejil. Como si la muerte, al ser nombrada con una hierba, pudiera oler menos a sangre.
Las cifras —esas criaturas maleables que sirven tanto a la verdad como a la propaganda— oscilan entre 12,000 y 25,000 víctimas, aunque el número exacto parece irrelevante para quienes entienden que, en dictadura, un solo muerto ya es multitud.
Pero el régimen, en su peculiar sentido del humor macabro, prefería que la cifra creciera:
“Que digan que son más, para que me teman.”
Decía Trujillo con gran eufemismo.
He ahí el retrato psicológico del tirano: no solo matar, sino capitalizar el miedo como política pública.
Mientras los machetes hablaban en la frontera, el dictador brindaba en Monte Cristi. Porque el poder absoluto tiene esa elegante costumbre de no interrumpir sus fiestas por nimiedades como las masacres.
La matanza no fue un arrebato de locura. No.
Fue peor: fue racional.
Fue cálculo frío, geopolítica primitiva y pedagogía del terror.
Se trataba de trazar una frontera no solo con mapas, sino con cadáveres.
De enseñar, a haitianos y dominicanos por igual, que el Estado había dejado de ser abstracto para convertirse en amenaza.
Porque el tirano no solo gobernaba: advertía.
El mismo hombre capaz de ordenar una carnicería con la precisión de un burócrata podía, años después, detenerse a bañar a su nieta con ternura doméstica.
No hay contradicción en ello.
La monstruosidad rara vez se percibe a sí misma como tal.
El problema de los tiranos no es que sean bestias irracionales, sino que son humanos… con poder ilimitado y conciencia opcional.
Pero, los haitianos aprendieron bien la lección y por casi tres décadas dejaron de violar la frontera, de robar, de asesinar y de talar. Simplemente le cogieron miedo a Trujillo y pararon de joder. Hoy no respetan y se jodió la vaina. ¿Hasta cuándo?
Durante 31 años, la República Dominicana no fue un país, sino una extensión de su voluntad.
Las ciudades llevaban su nombre, las calles repetían su gloria, y hasta la historia —esa señora que suele ser digna— fue obligada a inclinarse ante su ego.
La historia que se escribía en ese entonces se convirtió en la puta amable del ego del tirano.
El culto a la personalidad alcanzó niveles casi litúrgicos:
La nación entera convertida en misa,
y Trujillo, naturalmente, en dios.
Juan Pablo Duarte, padre de la patria, fue relegado a un discreto segundo plano. No por falta de méritos, sino por exceso de dictador.
Su megalomanía no conocía límites, pero tampoco desperdiciaba oportunidades.
Construyó industrias no donde convenía, sino donde se veían.
Porque para ciertos hombres, producir es secundario: lo importante es ser admirado.
El Central Río Haina no solo molía caña; molía propaganda.
Y si no era el más grande del mundo, no importaba: bastaba con decirlo.
Después de todo, la verdad nunca fue un requisito indispensable del poder.
En los negocios, como en la política, aplicaba una lógica simple: todo es negociable… excepto el poder.
Sus funcionarios eran enfrentados entre sí como gallos de pelea en un corral bien administrado.
La lealtad no se premiaba: se vigilaba.
Y la confianza era un lujo que nadie podía permitirse dos veces.
En lo personal, el retrato se vuelve aún más grotesco.
Su relación con las mujeres no fue la de un conquistador romántico, sino la de un propietario. El “Jefe” lo poseía todo, hasta las partes púbicas de la hembra humana eran de su posesión.
El deseo, en su universo, no conocía límites morales, sociales ni humanos.
No seducía: disponía.
No amaba: consumía.
Y lo hacía con la misma naturalidad con la que administraba ingenios, tierras y vidas.
Pero incluso en ese mundo de excesos, hubo algo más perturbador que su crueldad:
La complicidad.
Intelectuales que escribían loas,
familias que ofrecían silencios,
funcionarios que aceptaban humillaciones,
y una sociedad que, entre el miedo y la conveniencia, aprendió a sobrevivir… callando.
Porque ninguna dictadura se sostiene solo con balas:
También necesita aplausos.
EPÍLOGO: EL ESPEJO INCÓMODO
Y aquí es donde la historia deja de ser pasado para convertirse en acusación.
Porque resulta demasiado cómodo culpar al tirano y absolver a la sociedad.
Demasiado fácil decir “era un monstruo” y olvidar que ese monstruo gobernó tres décadas sin soledad.
Trujillo no fue un accidente.
Fue un síntoma.
El síntoma de una cultura que admira la fuerza más que la justicia, que respeta el poder más que la dignidad, y que, en el fondo, siempre ha tenido una peligrosa debilidad por los hombres que prometen orden… aunque ese orden huela a sangre.
Lo verdaderamente inquietante no es que haya existido un Trujillo.
Lo inquietante es preguntarse —con una honestidad que incomoda—
Cuántos, en circunstancias similares,
habrían preferido obedecerlo…
antes que enfrentarlo.
Porque las dictaduras no mueren cuando cae el dictador.
Mueren —si es que mueren—
cuando una sociedad deja de necesitarlas.
Y esa, tristemente, es una tarea que aún sigue pendiente.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

Related articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Stay Connected

0SeguidoresSeguir
3,912SeguidoresSeguir
22,900SuscriptoresSuscribirte

Latest posts