Hace un año, varios campesinos contemplaban silenciosos el trasiego de autobuses y policías italianos que llegaban a sus turnos en el centro de deportación que el Gobierno de Meloni levantó en Albania. En plena tierra de cultivos, entre granjas donde picotean las gallinas y los burros siguen tirando de carros, una gigantesca instalación blanca, luminosa y distópica, con verjas metálicas, cámaras y celdas para casi 900 personas había crecido ante sus ojos mucho más alto y rápido que las berzas y judías de Gjadër, una zona cercana a la costa. Los policías italianos iban y venían, mucho más numerosos que los inmigrantes que llegaban a este esperpento levantado por orden de Meloni y frenado varias veces por los jueces italianos.
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