-¿Se lo imagina? Menuda imagen, ¿no?
-¿Cuál?
-En un año y medio el chico podría estar en ese despacho de ahí echando unas partidas a la Play Station mientras dirige el país.
La broma la soltó el 9 de febrero de 2026 un empleado del Palacio del Elíseo señalando la oficina del jefe del Estado, ocupada en ese momento por Emmanuel Macron. Cinco meses después, a muchos, también en el partido, ya no les hacía tanta gracia. Y quizá eso explique también la decisión de Marine Le Pen de seguir adelante y no ceder todavía el testigo a su delfín, Jordan Bardella, pese a haber prometido lo contrario si resultaba condenada.
La relación entre ambos, cuentan en el entorno del partido, se ha enfriado en los últimos tiempos. El chico se vio demasiado rápido como candidato. Y se lo creyó. Algunos dirigentes históricos en la formación, además, no terminan de comulgar con el discurso ni con su figura, a quien todavía ven demasiado inexperto, alejado del tuétano ideológico del Reagrupamiento Nacional (RN).
El propio portavoz del RN, Philippe Ballard, tuvo un desliz el pasado viernes señalando que, en caso de inhabilitación, Le Pen ejercería un rol de “tutora” de su delfín. Una expresión letal para la emancipación de Bardella. Ballard tuvo que pedir perdón al cabo de una hora. Pero muchos no entienden su presencia en determinados lugares como la Fórmula 1, donde Bardella acude ahora con María Carolina de Borbón-Dos Sicilias, de 22 años, hija del príncipe Carlos de Borbón-Dos Sicilias, duquesa de Calabria y Palermo, y cuyo noviazgo se apresuró él mismo en publicitar. Como si quisiera agradar a determinados segmentos sociales. Un universo en las antípodas de lo que siempre había criticado Le Pen, ese “elitismo que desprecia a los franceses”.
Jordan Bardella, 30 años, joven presidente del ultraderechista RN, siempre quiso volar alto, pero tenía las alas llenas de plomo. El chaval, hijo de una pareja divorciada y criado en la periferia parisina de Seine-Saint-Denis, paradigma de la inmigración, creció en el ambiente hostil de una barriada. Camellos, delincuencia, falta de servicios. O, al menos, ese relato explotó siempre. La realidad es que no se interesó por tener estudios superiores, tampoco grandes referencias o inquietudes culturales. A los 15 años, eso sí, era ya un gran experto en el videojuego Call of Duty, al que consagraba gran parte de la jornada. Pero, al año siguiente, se afilió al viejo Frente Nacional, de su ídolo de infancia, el antisemita Jean-Marie Le Pen. Videojuegos y ultraderecha.
Bardella, que seguirá calentando banquillo algunos meses más, aprendió. Ascendió rápido, como si pasase pantallas de un videojuego a toda velocidad. No tenía grandes ideas, pero tampoco rémoras ni complejos. Guapo, alto, sonriente. Indisimuladamente artificial, alejado de la hosca autenticidad de los Le Pen. Hoy es el presidente del RN, eurodiputado y candidato a la presidencia de la República. Pero también es una paradoja andante.
La primera contradicción comienza en su apellido, que subraya el fenómeno migratorio vivido en Francia durante las últimas décadas. En su caso, el de sus abuelos. El de los italianos que llegaron con una mano delante y otra detrás y lograron abrirse camino. Su nombre recuerda también otra cosa: sería el primer candidato del RN, también del viejo Frente Nacional, ajeno al clan Le Pen en una formación basada en lazos familiares. Por primera vez, ese apellido no estaría en las papeletas del partido. Su historia no tiene nada que ver con esa aristocracia política y social. No lleva su nombre. Pero, quizá eso lo haya descubierto algo tarde su mentora, tampoco parte de sus ideas.
Bardella entró en la familia Le Pen por la puerta lateral, emparejándose con una sobrina de Marine. A los 22 años ya era su portavoz; a los 23, cabeza de lista de las europeas; y presidente de la formación desde los 26. Una juventud excesiva, incluso para su promotora, que pensaba en otro calendario para ver triunfar a su sucesor, que estuvo cerca de ser primer ministro tras las últimas elecciones legislativas. La condena por malversación dinamitó el plan.
El delfín de Le Pen es un enigma. Puede ser una cosa y otra. La narrativa de Bardella es algo borrosa. Es cierto que creció en un apartamento de protección oficial en una barriada. Y puede que sortease camellos en la entrada de casa. Pero su padre, un empresario acomodado, le costeó un colegio privado, viajes a Estados Unidos, un coche y un apartamento a los 20 años. Resaltando la primera parte de la historia y dejando en la sombra la segunda, explotó un relato de superación que apuntaló en una autobiografía convertida en superventas impulsada por la editorial Fayard.
Hay algo fundamental en su ascenso y la idea de que un día pueda llegar al Elíseo. Bardella es también el sueño de un cierto establishment conservador francés, que ve en él a la persona ideal para agrupar en un solo partido, o en una gran coalición, a toda la derecha. Un modelo parecido al que ha aplicado Giorgia Meloni en Italia. El joven político, que lleva meses reuniéndose con empresarios y protagonistas del mundo económico, sería la cara más presentable del mundo ultra y cuenta con el apoyo de los principales medios de comunicación conservadores de Francia. El delfín de Le Pen sería un enganche perfecto con una cierta derecha liberal a la que tradicionalmente asustaba la agresividad de la líder del RN.
La vida y carrera son indisociables de su jefa y madrina política, pero su exagerada juventud le permite también desligarse de ese pasado. El delfín, un político hábil, efectivo, sin grandes conocimientos sobre nada en particular, no había nacido cuando Jean-Marie Le Pen, padre de Marine, calificó las cámaras de gas como un “detalle” de la II Guerra Mundial. Tenía siete años cuando el entonces líder del partido logró en 2002, por primera vez, clasificar al entonces Frente Nacional para la segunda vuelta presidencial, que acabó perdiendo por abrumadora mayoría ante Jacques Chirac. “Ustedes miran al pasado. Yo miro al futuro”, ha respondido sistemáticamente Bardella a quienes cuestionan el origen del RN. Aunque el futuro se aleje un poco más cada vez que se decide a mirarlo.


