Por Ezio Macchione
Mucho antes —quizá semanas antes— de que el JNE proclame oficialmente quién gobernará el Perú, buena parte de la prensa internacional ya parece haber escrito su titular: la hija del dictador Fujimori está a punto de llegar al poder.
Y ese no es un detalle menor. Porque el mundo no está contando la historia de una estadista, de una profesional con trayectoria propia, de una figura política construida sobre méritos personales. Está contando otra cosa: el posible regreso al poder de un apellido asociado a autoritarismo, corrupción, violaciones de derechos humanos y una de las décadas más oscuras de la historia reciente del país.
La paradoja es casi grotesca: fuera del Perú ya se narra el desenlace, mientras el propio Perú todavía no logra oficializarlo. Pero esa es una de las tantas anomalías que este país ha aprendido a normalizar con una facilidad asombrosa. Aquí lo irregular se vuelve trámite, lo vergonzoso se vuelve paisaje y lo excepcional termina pareciendo parte natural del sistema.
Algún día habría que estudiar seriamente qué mecanismo social permite absorber abusos, digerir escándalos y convivir con el deterioro sin romperse del todo. Porque el problema no es solo electoral. Es cultural, institucional y moral.
Para buena parte del mundo, el Perú político aparece asociado a pocas imágenes muy fuertes: la toma de la residencia del embajador japonés por el MRTA; la guerra interna contra Sendero Luminoso; la dictadura fujimorista con su maquinaria de corrupción y violencia estatal; los vladivideos, con esa mesa baja, esos fajos de dinero y esa obscenidad doméstica del soborno convertida en símbolo mundial; y, más recientemente, una inestabilidad institucional casi patológica, con presidentes que caen, renuncian, son vacados o terminan devorados por un sistema que funciona como trituradora.
Más allá de Machu Picchu, el Perú no brilla precisamente por la solidez de sus instituciones. Brilla, tristemente, por sus anomalías políticas.
Y ahora podría llegar al poder una mujer cuya principal credencial no es una obra, ni una carrera profesional, ni una visión de país, sino un apellido. No se la reconoce por una trayectoria autónoma fuera del fujimorismo. No se habla de una profesional que luego entró a la política. Se habla de una heredera política, de una figura construida alrededor de una maquinaria, de una memoria autoritaria y de un trauma nacional que una parte del país sigue confundiendo con gratitud.
Porque ese es el núcleo del problema: el fujimorismo vive del miedo. Vive de la idea de que, como el país salió del terrorismo, todo lo demás puede ser perdonado: la corrupción, el autoritarismo, la compra de conciencias, la demolición institucional, las violaciones de derechos humanos. Como si derrotar al terrorismo otorgara una licencia histórica para pisotear derechos y convertir el Estado en propiedad familiar.
Pero los Estados no derrotan al terrorismo para después adorar a un caudillo. Los Estados serios lo hacen con inteligencia, instituciones, justicia, fuerzas de seguridad y consenso democrático. Italia también vivió años de terror, bombas, masacres y violencia política. Y, sin embargo, ningún italiano convirtió al primer ministro de turno en santo patrono nacional por haber superado esa etapa. Ganó el Estado, no un apellido. Ganaron las instituciones, no un clan.
En el Perú, en cambio, se ha construido una devoción política alrededor de una familia asociada a autoritarismo, corrupción y violencia estatal. Y eso no debería dividir únicamente entre izquierda y derecha. Debería producir vergüenza democrática en cualquier ciudadano con un mínimo de sentido institucional.
Además, el fujimorismo ni siquiera representa una derecha ideológica seria, moderna o doctrinaria. No es una derecha liberal sólida, ni conservadora con densidad intelectual, ni republicana en sentido estricto. Es una derecha de apellido, de miedo, de trauma, de cálculo y de orden a cualquier precio. Una derecha personalista, plebiscitaria, autoritaria en su reflejo más profundo, que gira alrededor de la nostalgia de un dictador condenado.
Por eso, si este resultado se confirma, no empezará una etapa luminosa. Empezará una etapa oscura, tensa, crispada, nacida con una parte enorme del país mirando al poder con rechazo, sospecha o indignación. El antifujimorismo no es una manía ni una moda. Es una memoria defensiva. Es la reacción de quienes saben perfectamente lo que ese apellido significa.
El fujimorismo volvería no como renovación, sino como restauración. Y no una restauración elegante, sino amarga: la de un país que parece condenado a repetir sus fantasmas, a normalizar sus heridas y a llamar estabilidad a lo que en realidad es miedo administrado.
El mundo lo está entendiendo antes que el propio Perú.
Y quizá eso sea lo más triste de todo: ha ganado el miedo, no la razón.

Ezio Macchione, nace en Italia y culmina sus estudios superiores en Roma. Desde fines de 2014 radica en Lima, donde ha fundado el estudio fotográfico Imago Mundi y el Círculo de Cultura Fotográfica Agorá.
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