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DESTERREMOS EL ODIO CULTURAL DE LA CONVIVENCIA FAMILIAR/ GENESIS DE LA VIOLENCIA DE GENERO VI

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Carlos Márquez  /

 

Varios amigos y amigas, tanto en suelo dominicano, como en México y otras naciones de Iberoamérica han ponderado la serie de artículos que sobre el origen de la violencia de género venimos publicando en Teclalibre Multimedos.

Me anima la recepción que estos trabajos van logrando. En ese sentido, creo que, con los mismos estamos cumpliendo una tarea la humilde tarea de contribuir con una aproximación a la comprensión de real del terrible mal que afecta a nuestras sociedades.

Comprender el alcance de lo que jamás se ha dicho sobre la opresión de la mujer en los pueblos occidentales, de África, del lejano y cercano Oriente, nos da nuevas ideas para poder darle término a ese fenómeno social, económico, político y filosófico que, ha devenido en cultural.

En la presente entrega me propongo develar lo más sofisticado y alienante de la religión hindú, en la que se instrumentalizó la ley de Karma.

Para nuestros lectores y lectoras, es imperativo traducir este concepto despojándolo de los misticismos superficiales de la modernidad.

En su raíz filosófica, el Karma es la ley cósmica de causa y efecto; la premisa de que cada acción, pensamiento o deseo realizado en esta vida determina, de manera matemática e inevitable, el destino, la casta, la salud y el cuerpo que el alma recibirá en su próxima reencarnación, Samsara.

Lo que la historia oficial ha encubierto es que el Brahmanismo transformó esta ley cosmológica en el más implacable manual de sumisión doméstica.

En la India antigua, el nacimiento con un cuerpo femenino no era considerado un azar biológico, sino un veredicto espiritual condenatorio. Nacer mujer era la prueba irrefutable de que el alma, en sus encarnaciones pasadas, había cometido pecados graves, faltas rituales o actos de rebeldía contra el orden establecido. Por lo tanto, la condición femenina era, en sí misma, una condena de purificación penal.

Lo propio se verifica en la visión Tomista de la mujer, cuando el filosofo ingles esboza la idea de que la mujer es un hombre defectuoso.

Volviendo a la India consideramos que esa trampa metafísica alteró por completo el significado de la violencia intrafamiliar.

No olvides que, durante el imperio romano el castigo físico de la esposa era una prerrogativa civil del marido para defender su propiedad; en tanto, en la India aquel concepto se transformó en un acto de piedad cósmica.

Si un esposo golpeaba, humillaba o encerraba a su mujer, la teología enseñaba que él solo estaba actuando como el instrumento ciego a través del cual el universo cobraba la deuda kármica de la víctima.

La mujer golpeada no era vista como una víctima de la crueldad humana, sino como una pecadora pagando sus culpas pretéritas, o lo que es lo mismo, pasadas.

Al respecto la historiografa Uma Chakravarti, en su obra titulada Gendering Caste: Through a Feminist Lens, 2003, confirma que la opresión de la hembra en el Indostán no respondía a un impulso salvaje irracional, sino a una sofisticada burocracia de la fe.

Plantea que, «El patriarcado brahmánico se articuló como un sistema donde las leyes de la pureza ritual, las castas y la doctrina del Karma se entrelazaron con el único fin de garantizar el control absoluto de los varones sobre la voluntad y la soberanía de las mujeres, justificando la subordinación doméstica como un imperativo para preservar el orden del universo.»

Bajo este esquema teológico, la violencia ejercida por el cónyuge quedaba despojada de su naturaleza criminal; pasaba a ser interpretada por el entorno social y por la propia víctima como un mecanismo de redención.

Fue de ese modo que el sufrimiento corporal se transformó en doctrinamiento del alma femenina para para que se conformara en la ilusión de que ascendería en la escala de las reencarnaciones.

Al abordar el tema el filósofo Arvind Sharma, en su estudio Women in World Religions, editado en el año 1987, documenta esta anulación existencial, señalando el modo en que la transposición de la cosmología oriental se insertó en el ámbito familiar.

Reforzando esa visión el referido autor explica que, en la teología ortodoxa hindú, el cuerpo de la mujer fue categorizado como un espacio de purificación penal; la doctrina del Samsara determinaba que la sumisión incondicional y el sufrimiento aceptado pacientemente ante las faltas del esposo operaban como el único sendero ritual válido para que la hembra lograra limpiar la carga kármica de sus vidas pasadas.»

Interpretando las indicadas evidencias conceptuales, como forjador del movimiento cerepoetico y responsable de Teclalibre Multimedios, entiendo que tanto el Derecho Romano en Occidente con sus potestades fragmentadas, como el Brahmanismo en Oriente con su manipulación del Karma, persiguieron el mismo fin de neutralizar el intelecto y la libertad de la mujer a través de estructuras que el varón común asimiló de forma inconsciente.

Ahí reside la causa, la tarea que emprendimos a propósito de los últimos feminicidios ocurridos en suelo dominicano y, en gran medida, ante la evidente incomprensión de las motivaciones históricas que los han generado, por parte de las actuales autoridades.

Es que desalienar al hombre contemporáneo y a la misma mujer requiere demostrarle el carácter acientífico, irracional e inhumano del diseño de los credos arcaicos.

Creo y estoy convencido de que, solo devolviendo a la convivencia familiar la dignidad, la razón y la paz que los ideólogos de la antigüedad le arrebataron, podremos desterrar de ese hábitat el odio cultural de género y, por ende,  los homicidios.

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