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Jauja y la obra de Edgardo Rivera Martínez: un reflejo de identidad y tradición

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Jauja, una ciudad peruana con una historia rica y profunda, cuyo nombre proviene originalmente de la etnia nativa Xauxa (o Sausa). Cuando Francisco Pizarro fundó la ciudad en 1534, la llamó Santa Fe de Hatun Xauxa. Con el tiempo, la «X» se transformó en la letra «J» (el castellano antiguo pronunciaba la X como «J»), lo cual refleja la evolución del idioma y la cultura, manteniendo viva la identidad ancestral de sus habitantes.  Jauja es cuna de destacados poetas y escritores que han plasmado en sus obras la tradición andina y la identidad peruana, entre ellos, Jorge Edgardo Rivera Martínez, una de las figuras más destacadas de la literatura contemporánea peruana, miembro de la Academia Peruana de la Lengua y reconocido con el Premio Nacional de Cultura (2013) y el Premio Casa de la Literatura (2012). De 1971 a 1986 fue docente del Departamento de Literatura. Posteriormente, trabajó como profesor visitante en las universidades de Dartmouth (Estados Unidos), Tours y Caen (Francia).

Rivera Martínez, era hijo de madre jaujina: María Luz Martínez y del arequipeño:  Hildebrando Rivera, fue poeta, cuentista, novelista en cuya obra refleja la fusión de sus raíces andinas con su formación urbana e intelectual. Nació el 28 de septiembre de 1933 y falleció el 5 de octubre de 2018. La lectura de clásicos como La Iliada, La Odisea, las obras de Shakespeare, así como de autores latinoamericanos como Vallejo y Eguren, fueron fundamentales en su formación, estimulada también por su hermano.  Educado en instituciones locales y en la Universidad Mayor de San Marcos, compartió aulas con Mario Vargas Llosa, en París, realizó estudios de literatura y culminó con un doctorado, que le permitió ampliar sus horizontes y profundizar en temas como el paisaje en la poesía, especialmente en la obra de César Vallejo.

La obra de Rivera Martínez se caracteriza por un estilo poético y musical, donde la tradición andina y la cultura universal dialogan en cada texto. Entre sus obras más destacadas se encuentran “El Unicornio”, su primer libro, que refleja temas andinos, y “País de Jauja”, considerada por críticos como su obra más lograda. Su narrativa y poesía están impregnadas de un profundo sentido de identidad, que se manifiesta en relatos que exploran la historia, la cultura y las tradiciones del Perú.

«Ángel de Ocongate» de Edgardo Rivera Martínez, es un relato introspectivo que narra la historia de un hombre que se siente como una sombra silenciosa en un entorno desolado y ancestral.

«Quién soy, sino apagada sombra, en el atrio de una capilla en ruinas, en medio de una puna* inmensa. Por instantes silva el viento, pero después regresa todo a su quietud. Hora incierta, gris, al pie de ese agrietado imafronte. En ella es más denso y febril mi soliloquio. Y cuán extraña mi figura –ave, ave negra que inmóvil reflexiona. Esclavina de paño y seda sobre los hombros, tan gastada, y, sin embargo, espléndida. Sombrero de abolido plumaje, y jubón, camisa de lienzo y blondas. Exornado tahalí».

A través de su monólogo interior, el protagonista describe su apariencia andrajosa y enigmática, que provoca asombro, temor y compasión en quienes lo ven, creyéndolo quizás loco o poseído por una especie de dignidad sobrenatural.

«Todo en harapos y tan absurdo. ¿Cómo no habían de asombrarse los que por primera vez me vieron? Decían, en lengua de sus ayllus**: “¿Quién será? ¿De qué baile será el ropaje? ¿Dónde habrá danzado?” Y los que se topaban conmigo me preguntaban: “¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu pueblo?” Y como yo callaba, y advertían el raro fulgor de mis pupilas, y mi abstraimiento …mi abstraimiento, mi melancolía, acabaron por considerar que había perdido el juicio y la memoria, quizás por el frenesí de la danza misma en que había participado. Y comentaban: “No recuerda ya a su padre ni su madre, ni la tierra donde vino al mundo. Y nadie, tal vez, lo busca…” Se santiguaban las ancianas al verme, y las muchachas se lamentaban: “Joven y hermoso es, y tan triste…”»

El narrador se cuestiona su identidad, si alguna vez fue danzante, si tiene un pasado, una familia o un nombre, y reflexiona sobre su existencia vacía y su misterioso origen. A pesar de su silencio y aparente locura, su presencia le otorga libertad de movimiento, ya que es visto como un ente fuera de lo común, casi sagrado.

«Sea como fuere, esa imagen de forastero, enajenado y mudo, que se difundió con gran rapidez, redundó en beneficio mi libertad de desplazamiento, porque no ha habido gobernador ni varayoc*** que me detuvieran por deambular como lo hago».

«mi “locura” adquiría una dignidad casi sobrenatural. ¡Mi demencia! No me incomodó, en ningún momento, la certeza que al respecto se afirmó, pero de cuando en cuando me asediaba la duda. ¿Y si a pesar de todo era verdad mi insania? ¿Si realmente fui danzante y lo olvidé todo? ¿Si alguna vez tuve un nombre, una casa, una familia? Inquieto, me acerca a los manantiales y me observaba. Tan cetrino mi rostro, y velado siempre por un halo fúnebre. Idéntico siempre a mí mismo, en su adustez, en su hermetismo. Me contemplaba, y tenía la seguridad de que jamás había desvariado, y de que jamás tampoco fui bailante. Certeza puramente intuitiva, pero no por ello menos poderosa. Más entonces, si nunca se extravió mi espíritu, ¿cómo entender la taciturna corriente que me absorbe? ¿Cómo explicar mi atavío y la obstinación con que a él me aferro? ¿Por qué esa vaga desazón ante el lago?»

Su búsqueda de respuestas lo lleva a un antiguo santuario donde descubre relieves de ángeles danzantes, similares a figuras de la cultura andina, pero en un silencio que refuerza su soledad y su desconexión con el mundo.

La historia termina con el protagonista aceptando su condición de sombra y ave negra, atrapado en un exilio interno, sin comprender plenamente su pasado o su destino.

Rivera Martínez, mediante su estilo poético, logra transmitir no solo la historia de un personaje, sino también el alma de una cultura que busca preservar sus raíces en un mundo en constante transformación.

Bibliografía: «Ángel de Ocongate» de Edgardo Rivera Martínez. Publicado por El Mirador Insomne el 26 agosto, 2017.

En conclusión, Jauja y la obra de Edgardo Rivera Martínez son testimonios vivos de la riqueza cultural y la identidad peruana. A través de su literatura, Rivera Martínez logra fusionar la poesía, la narrativa y la música, creando un estilo único que honra sus raíces andinas y refleja la complejidad de la historia y la tradición peruana. Su legado es una invitación a valorar y comprender la profundidad de nuestras raíces culturales y a seguir explorando la identidad que nos define como pueblo.

Obras:

  • El Unicornio, 1964 (su primer libro con cuatro relatos de temática andina)
  • El visitante,1974 (novela corta)
  • Azurita, 1978 (volumen de cuentos)
  • Enunciación, 1979
  • Ángel de Ocongate, 1982 (ganó el Primer Premio de la primera versión del concurso El Cuento de las 1000 palabras)
  • Ángel de Ocongate y Otros cuentos, 1986 (libro de relatos)
  • País de Jauja (su novela más lograda que lo escribió entre 1991 y 1993)
  • Libro del Amor y de las Profecías, 1999 (su segunda novela)
  • Cuentos Completos, 1999
  • Ciudad de Fuego, 2000 (tres novelas cortas)
  • Diario de Santa María (2008)
  • A la luz del amanecer (2012)

Edgardo Rivera Martínez fue un intelectual completo cuya obra refleja la riqueza cultural y la identidad peruana, fusionando la poesía, la narrativa y la música en un estilo inconfundible y profundamente arraigado en sus raíces andinas

* La palabra puna viene del idioma quechua y significa «tierra alta» o «tierra fría». Se refiere a una gran meseta o altiplano sin árboles ubicado cerca de la cordillera de los Andes. Este ecosistema se encuentra en países como Argentina, Bolivia, Chile y Perú

** «ayllus» se refiere a una comunidad tradicional de los pueblos andinos, como los quechuas y aimaras, consiste en un grupo de familias unidas por lazos de sangre, territorio y trabajo compartido, donde todos trabajan para ayudarse y protegerse mutuamente.

***Varayoc es una palabra de origen quechua que significa ‘el que lleva la vara’, Alcalde de la Vara o Alcalde de Indios fue un funcionario virreinal que apareció en el siglo XVI en el Perú, este funcionario es máxima autoridad tradicional de una comunidad indígena u originaria. Su nombre lo recibe por la característica vara de mando que usaba, que representa el poder, el respeto y la justicia.  

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