Escrito por Ramon Espinola
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA NACIONAL
ANACAONA MOSCOSO PUELLO
Maestra excelsa y gran dama de la patria
(Santo Domingo, 7 de enero de 1876 – San Pedro de Macorís, 5 de septiembre de 1907)
(Estos párrafos están dedicados a las nuevas generaciones —y de manera especial a la mujer dominicana— para que comprendan que, antes de sus pasos, hubo otras mujeres que albergaron en su espíritu la entereza, la dignidad y el coraje de toda una nación. Anacaona Moscoso Puello fue, sin duda, una de ellas.)

Nacida en la ciudad primada de América, Santo Domingo, el 7 de enero de 1876, Anacaona Moscoso Puello vino al mundo como una flor temprana, delicada en su apariencia, pero ardiente en su esencia.
Su figura, comparable a la fragilidad de un clavel en flor, contrastaba con la firmeza de un corazón luminoso, semejante al sol que se alza en la aurora, prometiendo luz en medio de la incertidumbre.
Desde muy joven mostró inclinación por el saber y una disciplina interior que la apartaba de las distracciones mundanas.
Fue discípula de la insigne educadora y poetisa Salomé Ureña en el célebre Instituto de Señoritas, donde se graduó en 1893, con apenas 17 años, formando parte de la segunda promoción de aquel semillero de conciencia nacional.
Junto a ella, otras jóvenes —Mercedes Echenique, Altagracia Henríquez, Encarnación Suazo, Eva María Pellerano, Julia Henríquez— habrían de convertirse también en luminarias del pensamiento y la educación dominicana.
Era Anacaona de carácter sereno y recogido, ajena a los bullicios de la frivolidad. Prefería el recogimiento fecundo del estudio, las lecciones de pintura y dibujo impartidas por el maestro Luis Desangles, y las conversaciones con las grandes figuras del pensamiento antillano.
Entre estas se contaban el humanista Eugenio María de Hostos, el intelectual Federico Henríquez y Carvajal, cercano al ideario de José Martí, y el también destacado Francisco Henríquez y Carvajal, figura estrechamente vinculada a la vida y obra de su maestra.
A finales del siglo XIX, la ciudad de San Pedro de Macorís emergía como un centro de prosperidad y dinamismo económico, impulsado por la pujanza de la industria azucarera y el movimiento constante de su puerto. Fue allí donde el destino de Anacaona habría de desplegar su más noble misión.
Movidos por el anhelo de progreso, los ciudadanos Pedro A. Pérez, Luis A. Bermúdez y Antonio Soler concibieron la idea de fundar un instituto educativo que emulara el espíritu de Santo Domingo. Tras consultar con Federico Henríquez y Carvajal, surgió un acuerdo tan justo como luminoso: confiar la dirección de la nueva institución a la joven maestra Anacaona Moscoso Puello.
Así, la familia Moscoso Puello se trasladó a la llamada “Sultana del Este”.
A su llegada, el ilustre poeta Rafael Alfredo Deligne les ofreció su amistad y respaldo, reconociendo en la joven educadora una promesa de renovación espiritual para la región.
El inicio no fue fácil. El ayuntamiento le cedió un local en ruinas, casi vencido por el abandono.
Pero donde otros hubieran visto un obstáculo, Anacaona vio un germen de futuro.
Con la ayuda del ingeniero Eladio Sánchez —quien luego sería su esposo— reconstruyó aquel espacio hasta convertirlo en un templo del saber.
Y una vez listo, con la sencillez de los grandes espíritus, hizo un llamado abierto: todo aquel que deseara aprender, sin distinción, tendría allí un lugar.
Su obra pedagógica fue innovadora y profundamente moderna para su tiempo.
El reconocido psiquiatra Antonio Zaglul, en su obra Ensayos y Biografías, dejó constancia de la excelencia de su instituto: dotado de un laboratorio de Física y Química sin precedentes en el país para ese nivel educativo.
Bajo su dirección, la enseñanza dejó de ser mera repetición de textos para convertirse en experiencia viva.
La botánica, por ejemplo, se aprendía en contacto directo con la naturaleza, gracias a un jardín y huerto organizados por su hermano, el destacado científico Rafael Moscoso.
En 1901 contrajo matrimonio con Eladio Sánchez, el mismo hombre que ayudó a levantar las paredes de su escuela y a sostener sus sueños. Pero antes de aceptar la unión, Anacaona estableció una condición irrevocable: continuar siendo maestra, fiel a la vocación que definía su existencia. Su esposo, lejos de oponerse, abrazó también la enseñanza como forma de vida.
Los frutos de su entrega no tardaron en manifestarse.
En 1902 egresó la primera promoción de Maestras Normales de su instituto, entre ellas Enriqueta Acevedo, Esthervina Richez, Asunción Richez y Evangelina Rodríguez, nombres que prolongarían la semilla de su magisterio en tierras dominicanas.
Conclusión
La vida de Anacaona Moscoso Puello no fue extensa en años, pero sí inmensa en significado.
En apenas tres décadas de existencia, logró lo que muchos no alcanzan en una vida entera: transformar la educación en instrumento de dignidad, elevar el papel de la mujer en la sociedad y sembrar en generaciones enteras el amor por el conocimiento.
Su obra no se limitó a las aulas; fue, ante todo, una labor de construcción moral y espiritual de la nación.
Epílogo
Murió joven, como suelen partir las almas destinadas a arder intensamente.
Sin embargo, no se extinguió: se multiplicó.
Vive en cada aula donde una maestra enseña con vocación; en cada niña que descubre su capacidad de pensar y crear; en cada rincón de la patria donde el saber se levanta como acto de libertad.
Anacaona no fue solo una mujer de su tiempo: fue una anticipación del porvenir.
Su nombre, como un eco noble en la intrahistoria dominicana, continúa susurrando a las generaciones venideras que educar es, en esencia, un acto de amor profundo hacia la humanidad.
Y así, en la memoria serena de la patria, su figura permanece: leve como un clavel, luminosa como la aurora, eterna como la vocación que la definió.
Ramon Emilio Espinola. “Dominicanas Ejemplares” Edición. 2000. Pags. 91-92

