Por Carlos Márquez /
En mi comentario de cierre de la versión vespertina de la Super 7, este martes expresé una reflexiva preocupación que no es justo dejar en el aire. Quiero que conste, como quedaron por siempre las leyes mosaicas en la santa Biblia. Me refiero a lo que dije, tras la alarmante denuncia hecha en nuestro espacio por el presidente de los comerciantes detallistas, Ricardo Rosario, quien puso sobre la mesa datos escalofriantes. Unos 400 mil propietarios de colmados y trabajadores independientes perderían sus empleos en la República Dominicana si las grandes cadenas minoristas continúan expandiéndose de forma desregulada por todo el país.
Mientras escuchaba el peso de esa advertencia, me vino de inmediato a la mente la tesis del Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, en su célebre libro El precio de la desigualdad. En esa obra, Stiglitz desnudó con crudeza el modelo norteamericano actual, denunciando una asimetría brutal: el 1% de los ciudadanos estadounidenses posee y controla el 99% de la riqueza, mientras el 99% restante apenas sobrevive en un sistema diseñado por y para la consolidación corporativa.
Para entender la gravedad de lo que esto significa, no hay que teorizar en el aire; basta con mirar la historia dura y los datos estadísticos de cómo el monopolio destruyó el comercio en los Estados Unidos. La economía norteamericana vivió dos etapas radicalmente opuestas que explican cómo se esfumó su clase media:
La era de la equidad y el verdadero «Sueño Americano» (1960-1974): Durante este período, las leyes antimonopolio se aplicaban con severidad y el mercado estaba distribuido. Los datos demuestran que la productividad de la economía creció de forma sostenida y, de manera casi perfecta, los salarios de los trabajadores aumentaron a la par con esa productividad. La participación del trabajo en el PIB se mantuvo fuerte y estable en torno al 65%, lo que garantizaba que el dinero generado se quedara en los salarios de la gente y en las cajas registradoras de los pequeños negocios locales. Había competencia real.
La fractura de la curva y la glotonería corporativa (1974 hasta el 2024): A partir de mediados de los años 70, las reglas del juego cambiaron para favorecer las fusiones masivas y la desregulación. El resultado fue una desconexión brutal. Mientras que entre 1979 y 2024 la productividad neta de la economía estadounidense se disparó un 90.2%, el salario real del trabajador promedio apenas creció un 33%.
¿Adónde se fue esa diferencia de casi 60 puntos porcentuales? Los datos de la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER) lo dejan claro: se convirtió en ganancia pura para los monopolios. Los márgenes de ganancia corporativa (markups) pasaron de un estable 21% en 1980 a superar el 61% en la actualidad, mientras la participación de los trabajadores en el PIB se desplomó del histórico 65% a niveles dramáticos de apenas el 56%.
Este es el mecanismo exacto que vació los pueblos de la Unión Americana. Las grandes corporaciones minoristas entraron a los estados, aplicaron precios predatorios operando a pérdida hasta quebrar a los pequeños almacenes, bodegas y tiendas familiares, y terminaron barriendo con el emprendimiento local.
Hoy veo con profunda inquietud cómo esa misma marea corporativa avanza sobre nuestra economía, amenazando con colocar a los comerciantes dominicanos en esa misma posición de absoluta vulnerabilidad: pasar de ser dueños de sus propios negocios y motores de sus comunidades, a convertirse en empleados mal pagados de las grandes cadenas minoristas.
Cuando un gran oligopolio absorbe el comercio de un barrio, no solo destruye empleos independientes mediante prácticas que las Pymes no pueden igualar; también extrae la riqueza de las comunidades para centralizar en unos pocos fondos de inversión. El colmado dominicano no es solo un punto de venta, es una válvula de escape social y el sustento de la movilidad económica familiar.
Sostengo firmemente que defender al comercio detallista frente a las garras del monopolio desregulado no es oponerse al progreso. Es, por el contrario, defender el derecho de nuestra gente a ser dueña de su propio destino y evitar que el porvenir del aparato comercial nacional termine convertido en el patrimonio exclusivo del selecto y privilegiado 1% de la sociedad.
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