Por Ramón Emilio Espinola
Hay momentos en la vida pública en que el ruido emocional sustituye al pensamiento, y las redes sociales —ese moderno coliseo sin gladiadores pero con muchos opinadores— se convierten en un tribunal donde la indignación es más rápida que la reflexión.
Este texto nace precisamente frente a ese fenómeno: la ligereza con que se juzga, la rapidez con que se condena, y la facilidad con que se olvida la historia cuando estorba a la emoción del día.
No es una defensa ciega ni una acusación automática. Es, más bien, una invitación —aunque a algunos les duela— a mirar la historia con menos histeria y más memoria.
El corazón me ha empezado a doler de tanta pena al observar los comentarios negativos dirigidos hacia esta joven, cuyo único “delito” parece haber sido el atrevimiento de disputar espacios dentro de la maquinaria política de Washington Heights.
Ya ganó. Entonces, déjenla tranquila. En lugar de lamentos tardíos, lo sensato sería aceptar el resultado. Y hasta agradecerlo, si se quiere ver desde otra óptica: al menos se sacuden ciertas estructuras enquistadas que durante años han actuado como “oficiales electos” sin que muchos ciudadanos puedan recordar, con precisión quirúrgica, algún beneficio concreto de su gestión.
Porque no solo a mí, sino a más de dos millones de compatriotas, muchas de esas figuras no les han representado más que presencia protocolar y promesas recicladas.
¿De qué patriotismo hablan algunos, cuando el concepto mismo parece haberse vuelto un eslogan de temporada, reutilizable según convenga?
Patriotas fueron los Trinitarios, forjadores de la nación.
Patriotas fueron los Restauradores, que devolvieron los fueros de la patria con sangre y dignidad.
Patriotas fueron quienes resistieron la ocupación entre 1916 y 1924, defendiendo no un discurso, sino la soberanía real del país.
Patriotas fueron aquellas damas dominicanas en Nueva York, que en 1920 organizaron jornadas de lucha y hasta banquetes —sí, banquetes— para recaudar fondos en defensa de la patria ocupada, porque la dignidad también se cocina con solidaridad.
Patriotas fueron los que enfrentaron la dictadura trujillista, hija deformada de aquella ocupación, y los que luego continuaron la lucha contra sus herencias políticas y culturales.
Patriotas fueron los inmortales de junio de 1959.
Patriotas fueron los que, dentro y fuera del país, resistieron la intervención de 1965 y defendieron la constitucionalidad como último refugio de la soberanía.
Pero, por supuesto, hoy muchos de los que gritan en redes sociales no recuerdan ni siquiera los nombres de quienes integraron las misiones diplomáticas del gobierno constitucionalista ante la OEA y la ONU. Ni uno solo. Y del único que aún vive, se habla poco, como si la memoria también tuviera fecha de vencimiento.
Aquellos hombres y mujeres no cobraban por la patria: la pagaban con hambre, exilio y desgaste. Sobrevivían gracias a la solidaridad de figuras como Tejerita París, embajador de Venezuela, y Otto Boye, representante de Chile en la ONU, además del apoyo de sectores democristianos que entendían que la dignidad no es negociable.
Esos sí eran patriotas. No los de discurso fácil ni los de indignación instantánea, sino los que apostaban la vida sin pedir recibo.
Patriota, al final, es quien lucha sin exigir retorno inmediato.
Así que, con respeto pero con claridad: el que ganó, ganó. Y lo hizo en buena lid.
Y ojalá que Darializa no olvide —ni permita que se borre— todo lo que implica el peso de los agravios, el prejuicio y la envidia disfrazada de opinión pública.
Y convendría, además, hacer un ejercicio sencillo: preguntar cuántos conocen los nombres de aquellos que defendieron la patria en Nueva York en 1920; cuántos pueden mencionar, sin consultar Google, a quienes enfrentaron la ocupación en foros internacionales; cuántos recuerdan siquiera al único sobreviviente de aquellas misiones, que tuvo que debatir en televisión en Nueva York contra representantes del poder ocupante, bajo la presentación hostil de un moderador que ya venía cargado de etiquetas políticas y prejuicios ideológicos. El célebre Stanley Ross.
La historia, como siempre, no se escribe con gritos, sino con nombres que el tiempo va dejando caer del bolsillo de la memoria colectiva.
Epílogo
Quizás el verdadero problema no sea la política, ni las elecciones, ni siquiera los resultados.
Quizás el problema sea que hemos olvidado distinguir entre el ruido del momento y la voz profunda de la historia.
Y cuando eso ocurre, los héroes se confunden con opiniones, y la patria se vuelve un comentario más en una red social sin memoria.
Pero la historia, esa vieja obstinada, siempre termina hablando… aunque a muchos les incomode escucharla.
Si quieren conocer quiénes fueron esas damas de la patria que lucharon en el corazón del imperio en 1920 solo tienen que buscar un capítulo dedicado a ellas en el libro “Memorias del Olvido”
Por igual, quienes conformaron las misiones del gobierno constitucionalista y cuál es el único vivo. A que estos distinguidos patriotas no saben nada.
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Ramón Emilio Espínola es un escritor e investigador histórico dominicano. Su obra se enfoca principalmente en la divulgación y el análisis de la historia social y política de la República Dominicana, prestando especial atención a los roles de género, las intervenciones extranjeras y las relaciones del país en el Caribe.


